miércoles, 8 de mayo de 2013

Callar a las palabras es callar a los niños

Censura en la Literatura Infantil

La censura. Terrible palabra que evoca prohibición, lavado de mentes, obligación, intolerancia, ignorancia, corrupción, cárcel, tristeza, negación. Y en el mundo de los adultos hay tantos ejemplos de censura, de escritores que han visto sus obras negadas a sus lectores por no estar en la línea de lo que piensan los que marcan las pautas culturales imperantes en ese momento, tanto editores de cuadradas mentes, como gobernantes y sistemas dictatoriales que pretenden no sólo gobernar un país, sino también lo que realizan en su plano íntimo, desde cómo se visten, hasta que leen. Es notable el caso del autor Salman Rushdie que vio comprometida no sólo su obra, sino también su bienestar psicológico, físico y su propia existencia, ya que fue condenado a muerte por el ayatollah Jomeini por su libro “Los Versos Satánicos” que supuestamente insultaban a la sagrada  figura del profeta Mahoma, por lo cual no sólo lo destinó a morir bajo la ley musulmana, sino también prometió una generosa recompensa monetaria a quien lo entregara… vivo o muerto.

Estableciendo un adecuado paralelo, ningún escritor de literatura infantil ha visto así de amenazada su vida, pero si han tenido que lidiar con la estrechez intelectual, con arraigadísimas creencias religiosas que se han contrapuesto a su propuesta artística, como no mencionar lo que le sucedió a J.K Rowling que vivió una suerte de inquisición de parte de padres estadounidenses de fundamentalistas creencias cristinas, que abogaban por la quema de sus libros y poco más que a la hoguera porque creían a pies juntillas que Harry Potter y sus amigos desplegaban ante la mirada de sus pequeños lectores, sutiles estrategias que progresivamente los iban convirtiendo en satanistas y practicantes de magia negra.

Porque para los represores, cualquiera que sea su índole, la fuente de la rebeldía nace donde se forjan las ideas, en la mente y en la imaginación y desde ahí que dirigían el blanco de la represión hacia la educación y la cultura, junto a sus principales exponentes: los libros. Desde esa mirada se enfoca la censura en la literatura infantil, porque es ahí donde más afectan los libros, en la niñez, cuando el pensamiento individual está recién formándose y se escriben las primeras letras de la palabra personalidad. Entonces comienza la invasión intelectual, quieren que el niño sea modosito, tranquilo, ordenado, obediente, estático, una pequeña entidad que sólo saber comportarse bien y acatar órdenes de los mayores. Quien sea que quiera influirlos para que se escapen de ese rígido molde debe ser corregido, se tachan las páginas  donde la insolencia es patente. Porque a los mayores no les gusta cuando lo más chicos son capaces de pensar por sí mismos y de decidir lo que está bien y lo que está mal y sobre todo les molesta cuando son influenciados por otros adultos que pretenden inculcarles ideas de libertinaje. Como una gran mancha en la prístina tela de la literatura infantil latinoamericana está el período de la dictadura argentina que duró desde 1976 hasta 1983, ellos veían que cada historia se suponía un arma sospechosa, difusora de ideas peligrosas, que atentaban contra los valores de “la moral, la familia y la patria” que se pretendían imponer. (Oliva, 2010) . Muchos libros fueron marcados como inapropiados y sus autores perseguidos por el régimen, por ejemplo:

  •     Laura Devetach y “La Torre de Cubos”, donde se cuentan historias que fueron consideradas ofensivas debido a su “ilimitada fantasía” y a que supuestamente del análisis de la obra La torre de cubos se desprenden “graves falencias tales como simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía, carencia de estímulos espirituales y trascendentes” [1]. Por ejemplo, al leer el relato “La Planta de Bartolo” se muestra la historia de un niño que tiene una plata que sorpresivamente empieza a dar cuadernos, lo que hace muy felices a los otros niños porque no tenían dinero para comprarlos y estaban bajo el monopolio del Vendedor de Cuadernos, el cual intenta extorsionar a Bartolo para que le venda su fabulosa planta de cuadernos… sin embargo no cuenta con la integridad del niño y con el apoyo de sus amigos, que riendo y jugando junto a varios animalitos finalmente logran derrocar las oscuras intenciones mercantilistas del empresario, según los militares, esta y las demás historias, atentaban contra “el hecho formativo que debe presidir todo intento de comunicación, centrando su temática en los aspectos sociales como crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad enfrentando grupos sociales, raciales o económicos con base completamente materialista, como también cuestionando la vida familiar, distorsiones y giros de mal gusto, la cual en vez de construir, lleva a la destrucción de los valores tradicionales de nuestra cultura[2]”, porque: “Es el deber del Ministerio de Educación y Cultura, en sus actos y decisiones, velar por la protección y formación de una clara conciencia del niño”. O sea está más que claro que ellos consideraban sumamente nefasta a esta obra. Aunque el libro fue escrito en 1964, después de la dictadura la escritora recién en 1984 pudo reeditarlo, ya que antes sobrevivió a base de la complicidad con otros autores y profesores que a través de copias mimeografiadas impidieron que se perdiera, como bien relata la misma Laura Devetach[3]

  •     Álvaro Yunque, seudónimo de Arístides Herrero Gandolfi, fue un autor argentino que no sólo vio su obra censurada, sino además él mismo sufrió las consecuencias de escribir lo que no le agradaba a los dictadores argentinos, quienes no sólo dictaron un decreto en su contra, el Nº 1937 que censuró a “Niños de hoy” de Álvaro Yunque, el 25 de agosto de 1978, derivó después en la prohibición de “Nuestros muchachos” , bajo el decreto 2607 del 78, y “El amor sigue siendo niño”, a través del boletín Nº 135 de la SNEP (9/10/78) por el cual se informaba que no debía circular en las bibliotecas escolares. No se conformaron sólo con eso, además lo encarcelaron y quemaron públicamente su obra, para escarmentarlo a él y a sus lectores.  En su obra, que no es tan fantasiosa como la de otros escritores de literatura infantil se manifiesta la natural rebeldía de los más jóvenes frente a las divisiones de clase y las injusticias sociales… Además Yunque se atrevía a encabezar sus cuentos con epígrafes que citaban a autores como Marx o Nietzche. Su obra produjo un detallado análisis por parte de los censores antes de ser prohibida, en la cual se reflejaba a la policía como represiva y a la clase dirigente como antisemita.
Para concluir este análisis es necesario recordar a Ray Bradbury cuando decía en su gran obra Fahrenheit 451 "Un libro en manos de un vecino es como un arma cargada[4]” y parafraseando, para muchos, un libro en manos de un niño también puede ser un arma, un arma que metafóricamente le abra la cabeza y deje entrar el aire fresco y la ideas personales, que no sean impuestas por alguien que desea modelarlo como arcilla y no como un verdadero ser humano, que tiene derecho a pensar y a escoger lo que quiere leer.







[1] La resolución N° 480 que prohibió a La torre de cubos, con fecha del 23 de mayo de 1979

[2] Véase Invernizzi Hernán y Gociol Judith, Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar, Eudeba, Buenos Aires, 2003, páginas 107 a 119.